SE HAN PELEADO NUESTROS HIJOS

Escuela de Padres.

tb_escuela.jpgHola! Cualquiera que tenga hijos seguramente se sentirá mas que identificados con la historia de Isaac y Rebeca, siempre hay diferencias y dificultades entre hermanos, este domingo leí esta historia y me gusto para compartirla en el blog, espero les guste y les deje una enseñanza.

SE HAN PELEADO NUESTROS HIJOS
El ambiente era tenso en la tienda de Isaac. Rebeca, su esposa, en silencio servía la cena y ninguno de los dos encontraba el modo de comenzar el diálogo. Finalmente Isaac no aguantó más y le dijo a su mujer: “Otra vez me quedé esperando a Jacob para que nos ayudara a pastorear los rebaños.

¿Acaso se siente mal o tuvo alguna dificultad?”. Rebeca respondió: “No. Ninguna. Yo misma le pedí que me ayudara con las tareas, aquí en la tienda. ¿Tiene eso algo de malo? Aunque no lo creas hay muchas cosas que hacer aquí”.

Isaac guardó silencio, pero era evidente que estaba molesto con su hijo Jacob, porque prefería quedarse en casa. En cambio, se sentía orgulloso de Esaú, porque le gustaba andar en el campo, cuidar los rebaños e ir de cacería. Rebeca, por su parte, prefería a Jacob, el gemelo de Esaú, porque era más tranquilo, observador y le gustaba estar con la familia.

Estas diferencias en el carácter entre ellos y el trato preferencial que recibieron de sus padres los llevaron a tener frecuentes discusiones. Ya desde que estaban en el vientre de Rebeca se mostraban inquietos, como dice el texto bíblico. Conforme crecieron la distancia fue haciéndose más grande entre estos gemelos. El libro del Génesis nos relata su historia en los capítulos 26-27, y nos pone un evento insignificante como la causa de una gran división en la familia de Isaac.

Sucedió que un día Esaú volvió de una caza infructuosa a la tienda de sus padres. Llegó cansado, sediento y con mucha hambre. Su hermano Jacob había cocinado y el olor de la comida llenaba la tienda. Sin pensarlo, Esaú le pidió de comer. Jacob aprovechó el momento y, siendo el hermano menor, le pidió a cambio del platillo el derecho de ser primogénito. En ese momento, Esaú estaba más preocupado por comer que por reclamar su derecho de primogénito, así que aceptó. Más tarde, aquel convenio entre los
gemelos se hizo efectivo, cuando su padre Isaac ya estaba viejo y Jacob se ganó, con la ayuda de su madre y mediante un engaño, la bendición que estaba reservada a Esaú, el primogénito (Gén 27). La bendición de Isaac fue para Jacob y era irrevocable: “Que Dios te dé trigo y vino en abundancia con la lluvia del cielo y la fertilidad de la tierra; que te sirvan los pueblos; que las tribus te rindan homenaje; que seas señor de tus hermanos; que ante ti se inclinen los hijos de tu madre; maldito sea el que te maldiga, y el que te bendiga lleno sea de bendiciones”.

Esaú lloró ante su padre por haber perdido la bendición que le correspondía. Al no poder recuperarla, se enojó mucho contra su hermano Jacob y decía: “Se acercan ya los días de luto por mi padre. Entonces mataré a mi hermano Jacob”. Rebeca se dio cuenta de las amenazas de Esaú y mandó llamar a Jacob, diciéndole: “Tu hermano amenaza con matarte, vete de aquí, huye a Harán, a la casa de Labán mi hermano”.

Afortunadamente, estos hermanos lograron reconciliarse más tarde, aunque con algunas dificultades (Génesis 33). Cuántas cosas tienen que pasar los padres en la educación de sus hijos. Las diferencias de carácter, los gustos y las preferencias personales de cada uno, a menudo conllevan divisiones. Jacob y Esaú eran mellizos y ni siquiera así lograron ponerse de acuerdo. Esto no significa que todos debamos ser iguales, pero sí nos invita a evitar discusiones inútiles o superficiales en la familia, que pueden terminar en desacuerdos más graves.

Ya sabemos que no hay familias perfectas, y que no todos tenemos los mismos gustos, ¿pero eso tiene que ser causa de división? ¿No será más bien una oportunidad para contribuir, cada cual con sus dones y cualidades, a la unidad y al bienestar de la familia?

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